29 jun. 2015

Juan Carlos Torre: La travesía hacia el compromiso con la democracia


Gran texto de J.C.Torre, sobre (la) (su) travesía desde la izquierda y hacia la democracia ("travesía desde la cual emergimos iguales y a la vez diferentes")


                                                   Palabras en la Jornada de Conmemoración          
 “A 30 Años de Democracia” organizada por el Bloque del Frente Amplio Progresista de la Cámara de Diputados de la Prov. de Buenos Aires.


Quiero aprovechar la oportunidad que se me brinda para  recapitular  las principales estaciones a través de las que  fuimos  haciendo, como intelectuales que veníamos de la izquierda, la travesía  que nos llevó hasta  nuestro compromiso de hoy con la democracia. De  esa travesía emergimos iguales y a la vez diferentes. Iguales porque mantenemos nuestra aspiración de siempre por  una sociedad más justa. Diferentes porque en la actualidad procuramos plasmar esa aspiración  en el marco de una visión del orden y de la acción política que es distinta de la que fue la nuestra en el pasado.

Con respecto a ese cambio de perspectiva señalo que la primera estación de nuestra travesía fue el ajuste de cuentas que hicimos  a la vista del desenlace catastrófico de la violencia política de los años setenta. A la hora de hacer el ajuste de cuentas las palabras importan: ese desenlace catastrófico ¿ fue acaso una derrota o fue el fruto de un error ? Más concretamente, ese desenlace ¿ fue el resultado contingente de una empresa liberadora que mejor concebida o en circunstancias más favorables valía la pena encarar y llevar adelante?  O por el contrario ¿ fue el resultado necesario de una aventura jacobina que sustituyó la política por la guerra y entrañaba naturalmente, si hubiese sido exitosa, una involución autoritaria ? Frente a esa disyuntiva, quienes caminábamos en la dirección de una izquierda democrática preferimos  hablar de un error en lugar de hablar de una derrota. Por eso me estremece  escuchar,  como lo hacemos con frecuencia, consignas como “Volveremos: no nos han vencido!” que son un eco de la fascinación por la violencia que todavía está viva entre nosotros.

Porque en  la conclusión de nuestro ajuste de cuentas con el pasado primó la idea del error y no de la derrota ante nosotros se abrió  el paso siguiente, esto es, valorizar las libertades democráticas como plataforma hacia adonde reorientar nuestra aspiración por  una sociedad más justa. Vista a la distancia, esa no fue una tarea fácil, ya que consistía nada menos que en despojar a la democracia formal, es decir, a las reglas para la formación de los gobiernos y la adopción de decisiones públicas, del estigma  que había merecido tradicionalmente en el mundo de la izquierda. Tampoco fue una tarea exenta de equívocos, como los que sobrevolaban al diagnóstico de la derrota. Considerada desde el diagnóstico de la derrota la opción por la democracia  también era factible pero era percibida   como un simple  expediente táctico, en fin, como  un espacio adonde, a falta de una alternativa por el momento mejor, las fuerzas diezmadas por la represión podrían reagruparse para  retomar sus objetivos de largo plazo de  siempre.

En cambio, para  los que  en el ajuste de cuentas con el pasado suscribimos el diagnóstico del error la opción por la democracia comportó un replanteo más profundo. Me refiero al replanteo que nos condujo a hacer nuestra la tesis de Eduardo Bernstein, el político socialdemócrata alemán de principios del siglo XX cuando sostuvo que  “La democracia es a la vez un medio y un fin. Es un instrumento para instaurar el socialismo y es la forma misma de su realización efectiva”. Partiendo de esa premisa, postulamos que los cimientos y las reglas de la democracia otorgan a los sectores con menos poder en  la alta política y el mercado  los recursos para compensar sus desventajas extra-institucionales. Al poner en sus manos el derecho al voto y  las libertades para organizarse y formular sus demandas, la democracia potencia su capacidad para luchar por un orden más justo. Para nosotros, pues, la  democracia es en sí misma  un patrimonio   que no puede ser archivado sin grave riesgo en nombre de fines últimos superiores

La estación en donde descubrimos el valor de las libertades democráticas se articuló muy bien con una preocupación muy cara a la tradición socialista, a saber, que cada persona cuente con los medios para usar esas libertades. Cuando llega el momento de identificar cuáles son esos medios la mirada se dirige a menudo  a los medios materiales. Y está bien que ello sea así. Porque ¿qué es la libertad para quien no puede usarla?  ¿Cómo disfrutar de la libertad si se carecen de los medios para satisfacer las necesidades más apremiantes? El panorama que se perfila toda vez que examinamos la realidad con estos interrogantes ya lo conocemos. Basta para ello echar una ojeada a las prácticas clientelistas de los grandes y los pequeños caudillos políticos que proliferan en las periferias urbanas. De esta lamentable evidencia se sigue una conclusión: la democracia debe ser el ámbito para dilatar el universo de la ciudadanía poniendo al alcance de las personas los medios materiales que  potencien a futuro  su autonomía moral y política.

El proyecto democrático tal como hemos llegado a concebirlo sería incompleto si se limitara a lo que acabo de señalar. Más aún: no solamente sería incompleto. Tampoco haría justicia a uno de los descubrimientos más importantes que pautó nuestra travesía: me refiero al descubrimiento  de  la dimensión propiamente liberal de la democracia. A través del sendero abierto por el ejercicio de introspección en el que nos embarcamos se fue alumbrando una esfera siempre ocluida en el pensamiento de la izquierda: estoy hablando de la idea de poder limitado. La condena a la arbitrariedad absoluta del estado, como la que experimentamos   durante los años de la dictadura,  suministró las herramientas para una crítica más general a toda forma de poder sin límites, sea en la versión de los regímenes militares, sea en la versión del cesarismo democrático, que son, como bien  sabemos, figuras familiares en la accidentada trayectoria de nuestra historia política.

 Esta revalorización de los límites al poder, tal como se plasman en las garantías de los derechos individuales y los frenos y contrapesos en el ejercicio del gobierno, nos condujo, a su vez, hacia una concepción  más democrática de la democracia. Con este juego de palabras quiero evocar el contraste entre dos ideas de la democracia, aquella  articulada por el principio de la mayoría absoluta y la que  se expresa más bien en el principio de la mayoría limitada.  Mientras que en la primera lo que cuenta es la voluntad de la mayoría, según se desprende del veredicto de las urnas, en la segunda  el eje que ordena la vida política es la voluntad de la mayoría pero limitada por el respeto al derecho de las minorías. Confrontadas una con otra, y contra lo que quiere una tradición política de hondo arraigo en el país, la última acepción es la más democrática porque es la más inclusiva ya que comprende  tanto a la mayoría como a la minoría

Hasta aquí mi reconstrucción, seguramente parcial, del itinerario que hemos  seguido en el replanteo de nuestras creencias políticas. Mientras lo fuimos procesando,   suscitó con frecuencia   objeciones y reservas dentro del universo de la izquierda. Y se comprende que así fuera. Dentro de ese  universo  hubo muchos a los que les costaba digerir el tufillo socialdemócrata que se desprendía de nuestras flamantes ideas. Este estado de cosas experimentó un cambio  cuando la historia argentina nos sorprendió, como tantas veces lo hizo,  con el viraje político que se produjo en el  2003 a través el surgimiento del fenómeno político  del kirchnerismo.

Quisiera   abordar brevemente   los desafíos  que nos colocó esta última  temporada de nuestra  experiencia en democracia. En rigor de verdad  voy a concentrarme sólo en uno de ellos, el desafío que implicó   para una sensibilidad política ahora  más atenta al estado de derecho y al pluralismo democrático el despliegue de una empresa política como la que ha avanzado en estos años   a fuerza de mandobles institucionales y bajo el impulso de la dialéctica amigo/enemigo. A esa empresa política muchos  de los que, desde la izquierda,  acompañaron críticamente nuestro itinerario ideológico le han ofrecido  sus razones. Y así hemos visto que han  justificado la deriva hacia la concentración del poder público y un discurso oficial poco tolerante con los disensos en nombre de  un cambio social a la vez urgente y necesario. Por cierto, no pocos de ellos han admitido que existen tensiones entre esa política de transformación y los usos y costumbres de la institucionalidad democrática. Pero sólo lo han hecho para a renglón seguido  cuestionar  toda preocupación por  ese estado de cosas denunciando en ella, con palabras de otros tiempos, las limitaciones  de un institucionalismo  ciego y sordo a los imperativos de la lucha por el poder.

Para comentar esta postura, que evoca otras que conocimos en el pasado, recurriré  al pensamiento político ecologista. En forma sintética, el teorema del pensamiento ecologista parte de una premisa y afirma que, en verdad ,el progreso técnico tiene una función positiva porque va eliminando carencias y miserias. Pero enseguida llama la atención a los costos del progreso.  Las externalidades, como dicen los economistas para nombrar los efectos sobre un agente que produce la intervención de otro agente, pueden tornarse cada vez más negativas a medida que  aumenta la intensidad del progreso. Así tenemos por ejemplo el  caso de que si los prejuicios sobre la napa freática tienen un costo superior a los beneficios que reporta el uso masivo de pesticidas, el empleo de pesticidas se vuelve una cuestión problemática. Para cerrar el teorema, el pensamiento ecologista concluye que “el buen progreso” es un progreso sustentable desde el punto de vista de la preservación del medio ambiente. Creo que este razonamiento es pertinente para examinar con  su óptica la empresa política kirchnerista. El control de calidad de toda política de transformación es que ésta sea sustentable al ser juzgada para determinar  si afecta o no el medio ambiente de la democracia, es decir, sus reglas de juego y el  pluralismo político. Y bien, cuando aplicamos este criterio se comprueba a mi juicio que  el desempeño del proyecto promovido desde el gobierno ha dejado  mucho que desear.

Ocurre, sin embargo, que este déficit de calidad institucional suele estar incluido en sus cálculos. Y lo está porque ese proyecto se presenta como una tentativa audaz por cambiar la correlación de fuerzas con vistas a desplazar el punto de equilibrio desde el lugar en que quedó ubicado en los años noventa –el polo de las derechas  y sus corporaciones- hacia el polo de las fuerzas en sintonía con una transformación progresiva del país. Por lo tanto quienes son sus defensores proclaman, a la vista de la magnitud de la tarea que tienen por delante, que no es el momento de andar  con vueltas: para hacer una tortilla hay que romper huevos. Y si esos huevos son las reglas institucionales y la convivencia pluralista ya llegará el momento de prestarles atención, Una vez que se haya alterado la correlación de fuerzas, pero por cierto nunca antes, se harán las enmiendas necesarias  para dar respuestas a las preocupaciones  por “el buen gobierno” democrático.

¿Qué decir, pues, frente a este argumento que  se esgrime desde las filas del kirchnerismo ilustrado, en el mejor de los casos? Al respecto se me ocurre un comentario erudito y una observación empírica.  El comentario erudito descansa en el concepto de “la inercia de la trayectoria”, hoy en día muy popular en la ciencia política. Este concepto afirma que las decisiones que se toman hoy condicionan las decisiones que se harán mañana debido a que tienden a generar  hábitos e intereses creados que restringen, llegado el caso,  la libertad para cambiar el rumbo de la nave de gobierno.  Vistas  desde este ángulo, las formas de hacer política promovidas desde el vértice del poder presentan un riesgo previsible. Me refiero al riesgo de su reproducción en el tiempo. Si esta es una hipótesis plausible es muy probable que se bloquee la posibilidad misma de introducir enmiendas, como esas  que se prometen a futuro. La observación empírica a la que hice referencia  resulta de concentrar la atención sobre la actuación de quienes ocupan las posiciones de gobierno. Y al hacerlo  no puedo evitar una constatación: cuando “rompen huevos”  parecen hacerlo más por las pulsiones de una mentalidad autoritaria bien consolidada  que por un cálculo táctico adecuado a las circunstancias. Esta es una razón adicional por la que no me termina de convencer la justificación de las transgresiones de  hoy  en nombre de las correcciones  a realizarse en el día de   mañana.

Así las cosas creo que la mejor contribución que los intelectuales podemos hacer a la conmemoración de los treinta años de vigencia de la democracia es ratificar una concepción de la acción política muy distante de la que se celebra desde las alturas y la periferia del kirchnerismo. Me refiero a la concepción de la acción política para la cual la ampliación de las fronteras de la democracia, con vistas a una sociedad más justa, se produce con los métodos de la democracia misma, esto es, por medio de la discusión, de la tolerancia de los disensos, el compromiso y las alianzas, en fin, una concepción de la acción política que, como postula un socialismo de inspiración  liberal, rechace las alternativas  totalizadoras para ubicarse en el plano no menos ambicioso de reformas que busquen profundizar la equidad social y, al mismo tiempo, preserven las libertades individuales .

                                                                                           Juan Carlos Torre

                                                                                           3-diciembre-2013

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Creo que ese discurso está emparentado con este muy interesante texto: http://www.lainsignia.org/2007/abril/ibe_028.htm

Álvaro

rg dijo...

gracias¡

rg dijo...

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