14 feb. 2017

Dworkin sobre el holocausto


 Incluso los intolerantes y quienes niegan el Holocausto
deben poder dar su opinión*


Escuela de Derecho, Universidad de Nueva York-Estados Unidos


Traducción de Leonardo García Jaramillo


Los medios de comunicación británicos, pensándolo bien, actuaron correctamente al no reeditar las caricaturas danesas contra las que protestaron millones de musulmanes furiosos y que causaron una destrucción violenta y terrible alrededor del mundo. Reeditarlas hubiera significado muy probablemente la muerte de más personas y la destrucción de más propiedades. Hubiera ocasionado mucho dolor entre un gran número de musulmanes británicos, porque les habrían dicho que la publicación pretendía mostrar desprecio por su religión y,aunque tal percepción habría sido inexacta e injustificada, el dolor habría sido no obstante auténtico.Es verdad que los lectores y espectadores que siguieron la historia a lo mejor hubieran preferido juzgar por sí mismos el impacto, el humor y la naturaleza ofensiva de las caricaturas y, por tanto, los medios podrían haber sentidoalguna responsabilidad de ofrecer esa oportunidad. Pero el público no tieneel derecho a leer u observar lo que quiera sin importar el costo y, en cualquier caso, las caricaturas están ampliamente disponibles por internet.
Algunas veces la autocensura de los medios significa la pérdida de información, argumentos, literatura o arteque son importantes, pero no en este caso. Podría parecer que dejar de reeditarlas otorga una victoria a los fanáticos que instigaron la violencia y, por lo tanto, que les incita a emplear tácticas similares en el futuro. Pero hay alguna evidencia conforme a la cual la oleada de disturbios y destrucción –repentina, cuatro meses después de que las caricaturas se publicaron por primera vez– fue orquestada desde el Medio Oriente por razones políticas de más peso. Si ese análisis es correcto entonces mantener hirviendo la cuestión mediante nuevas reediciones, beneficiaría de hecho a los responsables y recompensaría su estrategia de implementar el terror.
Sin embargo subsiste un peligro real de que la decisión de los medios británicos de no reeditarlas, aunque sea una decisión inteligente, se interprete erróneamente como un respaldo a la opinión ampliamente compartida conforme a la cual la libertad de expresión tiene límites, que debe ponderarse con las virtudes del multiculturalismo y que, al fin y al cabo, el gobierno acertó al proponer que sea considerado delito publicar cualquier cosa que sea considerada “ofensiva o insultante” para un grupo religioso. La libertad de expresión no es sólo un símbolo especial y distintivo de la cultura occidental que pueda serampliamente limitado o reducidocomo una medida de respeto hacia otras culturas que lo rechazan, tal como una luna en cuarto creciente o una menorápodrían incluirse en una exposiciónde la religión cristiana. La libre expresión es condición de un gobierno legítimo. Las leyes y las políticas no son legítimas a menos que hayan sido adoptadas mediante un proceso democrático, y un proceso no es democrático si el gobierno ha impedido a alguien expresar sus convicciones sobre cuáles deberían ser esas leyes y políticas.La burla o mofa es un tipode expresión bien determinada. Su esencia no puede redefinirse de una forma retórica menos ofensiva sin expresar algo muy distinto de lo que pretendía. Por esta razón las caricaturas y otras formas de burla se han contado desde hace siglos, incluso cuando eran ilegales, entre las armas más importantes de los movimientos políticos, tanto de los honorables como de los perversos.
Por esta razón en una democracia nadie, no importa cuán poderoso o impotente sea, puede tener derecho a no ser insultado u ofendido. Ese principio cuenta con una particular importancia en una nación que lucha por alcanzar mayores grados de justicia racial y étnica. Si minorías débiles o impopulares desean que el derecho las proteja de la discriminación económica o jurídica –si desean que se promulguen leyes que prohíban la discriminación en su contra, por ejemplo,en el empleo–, tienenpor lo tanto que estar dispuestas a tolerar cualquier insulto o burla que quienes se oponen a dicha legislación quieran exponer a los demás votantes, toda vez que sólo una comunidad que permite tales insultos puede adoptar legítimamente tal tipo de leyes. Si esperamos que los intolerantes acepten la decisión de la mayoría una vez que se ha pronunciado, tenemos entonces que permitirles expresar su intolerancia en el proceso que derivó en la decisión que les pedimos respetar. Independientemente de lo que signifique el multiculturalismo –si significa reclamar un incremento del “respeto” para todos los ciudadanos y grupos– estas virtudes serían contraproducentes si se llegase a pensarque justifican la censura oficial.
Los musulmanes que fueron ofendidos por las caricaturas danesas señalaron que en muchos países europeos es un delito negar públicamente, como hizo el presidente de Irán, que el Holocausto existió. Dicen que la preocupación occidental por la libre expresión no es,por lo tanto, más que hipocresía interesada, y no carecen de razón. Pero, por supuesto, la solución no es hacer el compromiso con la legitimidad democrática incluso mayor de lo que ya es, sino trabajar por una nueva comprensión de la Convención Europea de Derechos Humanos, conforme a la cual se revoquen en toda Europa la ley que penaliza la negación del Holocausto y otras leyes similares debido a lo que son: violaciones a la libertad de expresión, la cualprecisamente exige esa Convención.
Con frecuencia se afirma que la religión es especial porque las convicciones religiosas de las personas son tan esenciales para su personalidad que no se les debería pedir que tolerenburla alguna en dicha dimensión, y porque podrían sentir un deber religioso de contraatacar en lo que consideran un sacrilegio. Aparentemente Gran Bretaña ha adoptado esa perspectiva, ya que conserva el delito de blasfemia, aunque sólo para los insultos a la cristiandad.Pero no podemos hacer una excepción para el insulto religioso si queremos utilizar el derecho para proteger el libre ejercicio de la religión de otras formas. Si deseamos prohibirle a la policía que, por ejemplo en casos de ciertas inspecciones o registros, establezca perfiles criminales apersonas que lucen o se visten como musulmanes, tampoco podemos prohibir que la gente se oponga a esa política afirmando, en caricaturas o de otra forma, que el Islam está comprometido con el terrorismo, por muy absurda que nos parezca esa opinión. La religión tiene queajustarse a la democracia, y no al contrario. A ninguna religión puede permitírsele que legisle para todos acerca de lo que se puede o no dibujar, más de lo que puede legislar sobre lo que se puede o no se puede comer. Las convicciones religiosas de nadie pueden concebirse para triunfar sobre la libertad que hace posible la democracia.



*Versión original en TheGuardian, 14 de febrero de 2006. Traducción publicada en: Leonardo García Jaramillo (ed.) Nuevas perspectivas sobre la relación/tensión entre la democracia y el constitucionalismo. Lima: Grijley, colección “Derecho y tribunales” No. 8, 2014.

2 comentarios:

David Zambrano dijo...

No todo es lo mismo. No sé cuál es el presupuesto dedicado a la memoria del Holocausto por parte de los Estados europeos y cómo se sostienen simbólicamente la memoria del horror. En muchos países latinoamericanos como el nuestro, un nuevo gobierno tiene la idea de cambiar todo lo que hizo el anterior, no importa qué, porque todo vale. Se modifican presupuestos y símbolos. ¿Estás de acuerdo? Entonces, pensemos cómo le agregamos a esta realidad, para interpretarla, para ser más rigurosos, la frase de que los negacionistas tienen derecho a decir lo que piensan.

Anónimo dijo...

Mientras tanto, ayer se reformó la ley de ART.